Lunes, 04 de mayo de 2009
Octubre de 1944. Ante la superioridad numérica y tecnológica de los norteamericanos en la guerra del Pacífico, los japoneses recordarían aquel "viento divino" que en el siglo XVI los salvaría de una flota invasora china. Es así como en el siglo XX,  la idea del kamikaze se transformaba en tecnología, resultando un vano intento de evitar lo inevitable.

En la fase final de la guerra en el Pacífico durante la segunda Guerra Mundial, se dio una serie de combates aeronavales conocidos en conjunto como la batalla del golfo de Leyte. Tras se expulsado por las fuerzas japonesas de invasión, en marzo de 1942, el general Mcarthur prometió retornar a las islas Filipinas. Esto sucedería en octubre de 1944, cuando los norteamericanos retomaron las islas.


Lo más significativo del suicidio en Japón es la motivación y el éxtasis con que normalmente se efectúa. Se sabe de jóvenes enamorados que, al comprender lo imposible de su amor, escribían notas comprometiéndose al unir sus almas en la próxima encarnación, para luego juntos atarse y saltar al cráter de un volcán o colocarse en los rieles de un tren. También por orgullo personal o por patriotismo, lo japoneses han  mostrado una determinación fanática de entregar sus vidas, algo parecido a las órdenes de Hitler para la no rendición, aunque los motivos del líder alemán nada tenían que ver con el código de honor samurai.

Los soldados, marinos y aviadores japoneses aceptaban las antiguas tradiciones de honorabilidad propia de los samuráis con una ecuanimidad nacida del fanatismo oriental Los poetas japoneses compararon a sus guerreros con el árbol de cerezo que se cultiva en Japón por sus flores, que el pueblo considera como un símbolo de pureza, lealtad, y patriotismo, todo acompañado de una admirable belleza:


“El cerezo es el primero entre los árboles;
El guerrero es el primero entre los hombres.”  


El plan de Victoria (SHO) de los japoneses: Viéndose nuevamente los japoneses derrotados en Junio de 1944 en la batalla aeronaval del mar de las Filipinas, éstos idearon 4 planes de contingencia en previsión del próximo ataque de los norteamericanos, que se acercaban ya a las islas metropolitanas japonesas. Al no poder descifrar el código secreto criptográfico de los aliados (como los norteamericanos si habían hecho con el de los nipones); éstos planes cubrían las posibilidades de ataque norteamericano desde las islas Filipinas en el sur, subiendo hasta Formosa, el propio Japón y las Kuriles en el norte, conocidos como planes SHO. Una vez confirmado que el próximo objetivo serían las islas Filipinas, al almirante de la Marina Imperial Japonesa, Toyoda, ordenaría la ejecución del plan SHO-1, de defensa de las islas Filipinas.

El plan SHO-1 consistía en una operación en “tenaza” que caería sobre la flota invasora norteamericana en el golfo de Leyte. Para ello se le ordenó al almirante Takeo Kurita atacar a la flota de desembarco desde el norte, entrando por el estrecho de San Bernandino y bajar por el mar del Samar. Para completar la otra parte de la tenaza, desde el sur vendrían las flotas, bastante menores, de los almirantes Nishimura y Shima, que entrarían en el golfo de Leyte a través del estrecho de Surigao.

Dada la evidente superioridad aérea de los norteamericanos, se creó una cuarta flota cuya función sería de servir “carnada”, la cual arribaría desde el norte, para atraer a los 12 portaviones pesados y 8 ligeros de la Tercera Flota del almirante Halsey, quién se encontraba al norte del golfo de Leyte, cubriendo la salida del estrecho de San Bernandino. La Flota Carnada, comandada por el almirante Ozawa, estaba formada apenas por un portaviones pesado, dos ligeros y dos híbridos acorazado-potaviones. Era lo que quedaba de la gran flota de portaviones japonesa, desde la batalla de Midway en 1942. Para dar apoyo aéreo a las flotas atacantes japonesas en Leyte, se había confiado esta misión a la aviación basada en las Filipinas, con un total de 200 aviones, traídos de todos los rincones del imperio nipón.


 Ante la inferioridad numérica de los japoneses en buques de guerra y aviones, las posibilidades de éxito eran remotas, solo una coordinación muy exacta en la llegada de las flotas japonesas, el factor sorpresa, y una buena dosis de suerte, daría a los japoneses algún margen de éxito.

La flota más poderosa de los japoneses, la de Kurita, contaba con los dos mayores acorazados jamás construidos (considerados insurmegibles), el Yamato y el Musashi, ambos de 64.000 toneladas y armados cada uno de 8 obuses de 456 mm. Estos grandes buques eran la esperanza para el éxito de los japoneses.

Vemos en esta batalla dos defectos básicos de los japoneses: subestimación del enemigo y errores inducidos por el desconocimiento de algunos aspectos claves de la tecnología. El más importante sin duda era el uso del radar en los buques americanos, que le permitía detectar a los buques enemigos durante la noche y a gran distancia.


El sistema social y militar japonés, educaba y condicionaba a las personas en castas que debían tomar la carrera de las armas como el mejor y más honorable medio de satisfacer las exigencias de la ambición y la expansión. La exaltación del código de honor japonés incluía ideas tales como, el no proporcionar de paracaídas a sus pilotos (al inicio de la guerra), además de que el capitán de un barco debía hundirse con él (idea también de la marina británica). Como resultado de esta tradición, propia del Bushido, se perderían valiosos pilotos y comandantes navales.

De manera que en siglo XX, los militares japoneses eran víctima de la contradicción (que comenzó tras la era Meidji) entre los ideales samuráis, donde rendirse era algo deshonroso, y la idea moderna de que la pérdida  inútil de buques de guerra era un acto de despilfarro y de ineptitud. Al respecto, el almirante Kurita decía: “Se que muchos se oponen a esta misión, pero la situación de la guerra es mucho más crítica de lo que se cree. ¿No sería una vergüenza de que la flota siguiera intacta mientras perece nuestra nación?, Por eso estoy deseoso de aceptar este último cometido en Leyte.”
Comienza la batalla: La flota de Kurita partió desde Brunei, con rumbo al mar del Sibuyan para llegar al estrecho de San Bernandino. Desde el principio las cosas salieron mal para los japoneses, al ser descubierta la flota japonesa por dos submarinos americanos, durante la noche, gracias al uso del radar…Se perdió así el importante y difícil factor sorpresa, ya que de inmediato la información llegaría al almirante Halsey, quién planificaría una “recepción de bienvenida”, por medio de un ataque aéreo. Pero antes serían los submarinos, los que comenzarían la “fiesta”. Disparando sus 6 tubos de proa, los dos submarinos dispararon sobre el primer buque de la línea japonesa, el buque insignia de Kurita, el crucero pesado Takao. Luego ambos submarinos, girando sobre si mismo, disparan con sus cuatro tubos de popa, alcanzando al segundo buque japonés en la fila. El Takao se hundió en pocos minutos, debiendo Kurita (un anciano ya) nadar hasta el superacorazado Yamato. En las horas siguientes, numerosas alarmas falsas de contactos submarinos tendrían de punta a los japoneses.

Por la tarde del mismo día (24 de octubre), arribaría la flota de Kurita al mar del Sibuyán, donde sería atacada por la aviación naval de la Tercera Flota del almirante Halsey. Los aviones torpederos Avenger y los de ataque en picado Helldiver, no se intimidaron ante la impresionante cortina de fuego antiaéreo que montaron los barcos nipones. El gemelo del Yamato, el superacorazado Musashi, fue alcanzado por gran cantidad de torpedos y bombas, resultando hundido. La aviación basada en tierra japonesa había fallado en su misión de dar cobertura aérea a los buques nipones. Estas acciones e conocen como la batalla aeronaval del mar de Sibuyán.

Mientras tanto, por el sur la flota de Nishimura había sido también detectada por los aviones americanos, pero al ser de menor potencia que la flota de Kurita, se pensó que serían suficiente los 6 viejos acorazados (algunos habían sido hundidos y recuperados de Pearl Harbour) de la Séptima Flota para detenerlos. En las primeras horas del día 25 de Octubre (de madrugada), la flota de Nishimura sufrió el acoso de las lanchas torpederas, luego de los destructores y cruceros, para luego enfrentar a los acorazados americanos en la peor de las circunstancias tácticas de una flota naval. En la salida del estrecho de Surigao, los 6 acorazados americanos abrieron fuego sobre los buques nipones, que llegaban uno detrás del otro, en un desfile que los hacía un fácil blanco. Tan resignada era la idea de Nishimura en inmolarse junto a su flota que ni siquiera esperó a la flota de Shima, que venía una hora rezagada. Apenas se salvó un destructor japonés.

Mientras esto sucedía, los aviones de ataque japoneses basados en tierra obtuvieron su única victoria. Tras un ataque de aviones torpederos japoneses destruidos por los cazas Wildcat de los portaviones ligeros, un solitario avión de bombardero en picado que volaba bajo (un Yokosuka D4Y “Yudy” logró colarse en las defensas, y ocultándose en una nube baja, ascendió 350 metros lanzando una bomba de 250 Kg, sobre un portaviones ligero, El Princenton,  la cual penetró en la cubierta y llegó a los hangares, detonando y lanzando por los aires a los dos ascensores, además de explotar los torpedos que allí se encontraban. La explosión formó un hongo de humo de cientos de metros. Un destructor se acercó para auxiliar al maltrecho portaviones, en el momento que éste se acercó y ayudaba a extinguir los numerosos incendios, una segunda explosión se produjo. La gran cantidad de escombros y esquirlas que se expandieron a gran velocidad, produjo una carnicería humana sobre las destruidas cubiertas de ambos buques.


Momento decisivo: Mientras que los dos acorazados y tres cruceros de Nishimura eran destruidos en el estrecho de Surigao, la flota de Kurita atravesaba el estrecho de San Bernandino, con 4 acorazados, 6 cruceros pesados y destructores. Si no tenía ningún obstáculo enfrente, debía lanzarse sobre los portaviones ligeros y la cabeza de playa que estaban en le golfo de Leyte, para destruirlos a punta de cañonazos.

En ese momento, ya la Tercera Flota de Halsey se encontraba navegando hacia el norte, muy lejos del estrecho de San Bernandino, con el fin de destruír la flota de portaviones de Ozawa, que solo era un señuelo para que Kurita pudiera llegar inmune al golfo de Leyte. Hacía las 7 de la mañana del día 25, los primeros cañonazos de los acorazados japoneses comienzan a llover alrededor de los pequeños portaviones de escolta americanos. El almirante Kinkaid comenzó hacer llamados desesperados a Halsey, preguntando si había dejado vigilancia en la salida del estrecho de San Bernandino, a la vez que pedía ayuda inmediata. La respuesta de Halsey fue que nadie vigilaba la salida en San Bernandino, y que él no podía ayudarlo, ya que se encontraba enfrentando la amenaza de Ozawa. A regañadientes envió Halsey los 12 acorazados del almirante Lee, que por cierto tenía que reabastecer combustible antes de ir al sur a auxiliar a Kinkaid.


Al parecer todo era favorable para que Kurita arrasara a los buques, portaviones y cabeza de playa en Leyte. Los 6 acorazados que estaban al sur estaban a la espera de la flota de Shima, aunque esta era bastante pequeña. Llegó el momento en que los portaviones ligeros debían defenderse con lo que tenían, los aviones torpederos eran lo único realmente útil, el resto disparaban sus ametralladoras y hasta fuego de bengalas, en un intento de vano de detener a los acorazados de Kurita, quién logró hundir aun portaviones ligero, dañar gravemente a otros tres, además de hundir tres destructores, que desesperadamente le atacaban con torpedos. Todo parecía listo para una gran victoria japonesa.

¡Pero de repente, Kurita dio media vuelta y retrocedió!, no se sabe porque, quizás sobrestimó la fuerza naval que se tenía al frente, pensando que era más poderosa. Quizás pensaba que la fuerza rápida de portaviones de Halsey, se le acercaba por el norte, ya que no sabía que había pasado con la flota carnada de Ozawa, (las comunicaciones entre las flota japonesas fue mala), cuando en ese momento estaba siendo destruida por los aviones de Halsey a más de 300 millas, siendo imposible que Kurita fuese atacado por el norte, cuando atacaba en la entrada del golfo de Leyte. Lo cierto es que Kurita perdió más de una hora pensando que era lo que debía hacer; sin duda tendría un conflicto mental entre su deber moral que le imponía el honor samurái, pelear incluso hasta morir, y el deber como almirante moderno y profesional, que debía proteger a los últimos acorazados que le quedaban al Japón para una mejor oportunidad. Lo cierto es que la gran oportunidad resultó ser esa, y la dejó escapar.



HUNDIMIENTO DEL PORTAVIONES Sto Lo POR UN KAMIZAZE.

Comienzan los ataques Kamikazes: Mientras que Kurita meditaba que era lo que debía hacer, hacía las 10:30 de la mañana, cuatro aviones caza Zero escoltaban a otros cinco, en lo que sería el primer ataque kamikaze de la guerra. Los aviones lograron la sorpresa, y entre los cinco aviones suicidas, lograron alcanzar a cuatro portaviones de escolta, hundiendo a uno y dañando seriamente a los otros tres, que se retiraron de la zona. En menos de un minuto, apenas 4 aviones suicidas lograron hacer lo que todos las flotas japonesas de barcos y aviación japonesas juntas no habían podido lograr. Era el comienzo de la escalada de ataques Kamikazes, que llegarán al máximo en las operaciones en Okinawa, en 1945.

 Fue en defensa de esta isla que se cerró el telón de las operaciones Kamikazes, cuando el mismo superacorazado Yamato, (solo tenía combustible para la ida, y no para volver) fue enviado a una misión sin retorno, en la cual debía encallar en las playas de Okinawa antes de ser invadida por los norteamericanos, para disparar así sus enormes cañones contra los invasores. Pero el Yamato fue descubierto apenas salía del Japón, siendo hundido por los aviones la aviación naval americana. Fue el fin de la época de los acorazados.


Bibligrafía:

La batalla del golgo de Leite. Editorial san Martín

Los grandes errores de la Segunda Guerra Mundial. Kenneth Macksey.

Armas Sucidas. Editorial san martín


Escrito por : Gaetano La Spina.


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